Creative
 

Wiki Jote

Fiction Wikia, the place where you can write fiction.

This work has not been rated on its talk page. See here for how to rate a work.
Please be constructive and fair.

Contents

[edit] Proyecto: Wiki Jote de la Mancha

Esta novela pretende ser una paráfrasis del Quijote. Sí, el Quijote necesita una paráfrasis. Prueba de ello es la cantidad de adaptaciones que existen. Y prueba de ello también es que la edición más popular en inglés sea una edición que olvida el inglés clásico y utiliza inglés moderno.

Como toda paráfrasis, esta es mejorable. Así que contamos contigo.

Puedes encontrar una edición del texto original de Cervantes en el Centro Virtual Cervantes.

[edit] CAPÍTULO I

Wiki Jote Texto original

En un pueblo de La Mancha, cuyo nombre no voy a recordar ahora, vivía, no hace mucho tiempo, un hidalgo de los que tienen la lanza guardada, un escudo antiguo, un caballo flaco y malo y un galgo corredor. Tres cuartas partes de su renta se le iban en alimentarse con una olla con más ternera que cordero, salpicón casi todas las noches, huevos con torreznos los sábados, lentejas los viernes y algún ave los domingos. El resto de ella se gastaba en una capa pasada de moda, pantalones y zapatos de terciopelo para las fiestas, y los días de entresemana se honraba con un paño gris de lo más fino. En su casa tenía una criada que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un criado para todo, que lo mismo ensillaba el caballo como cuidaba el jardín. La edad de nuestro hidalgo frisaba los cincuenta años; era de complexión recia, flaco, de rostro delgado, gran madrugador y aficionado a la caza. Dicen que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que sobre ello no se ponen de acuerdo los autores que escribieron sobre él. Pero eso importa poco para nuestro relato: lo importante es que al contarlo nos limitemos a decir la verdad.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.

Hay que saber que el hidalgo que acabo de mencionar, en sus ratos de ocio, es decir, casi todo el tiempo, se dedicaba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que se olvidó casi totalmente de practicar la caza, e incluso de administrar su propia hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y locura en esto, que vendió muchas hectáreas de tierra para comprar libros de caballerías que leer, y así, llevó a su casa tantos como pudo conseguir; y de todos, ningunos le gustaban tanto como los que compuso el famoso feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas frases suyas le parecían de perlas, y más cuando comenzaba a leer aquellas palabras de seducción y cartas de desafíos, donde en muchas partes veía escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enfurece que con razón me quejo de la vuestra fermosura Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza.

[edit] CAPÍTULO II

Wiki Jote Texto original

Pensando en la falta que le hacía al mundo un caballero como él, decidió no esperar más, pues eran muchos los problemas que tendría que resolver en este mundo, los entuertos que tendría que solucionar, y los desastres que enmendar, y los abusos en los que intervenir, y deudas que satisfacer; Y así, sin avisar y sin que nadie lo viese, una mañana, antes de comenzar el caluroso dia de Julio, se armó con todas sus armas, subió sobre Rocinante, se puso su maltrecho casco, se colocó su escudo, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral, salió al campo con gran alegría al ver con que facilidad había comenzado con su cruzada.

Pero apenas se vio en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, tanto que por poco le hace dejar la idea: y fue que le vino a la memoria que no había sido armado caballero, y que, conforme a la ley de caballería, no podía ni debía luchar con ningún caballero; y aunque lo fuera, debería llevar armas blancas, como caballero novato, sin empresa en el escudo, hasta que la ganase por su esfuerzo.


Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más tiempo a poner en efecto su pensamiento, apretándole a ello la falta que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones que enmendar, y abusos que mejorar, y deudas que satisfacer; y así, sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le viese, una mañana, antes del día (que era uno de los calurosos del mes de Julio), se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante, puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza, y por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado principio a su buen deseo. Mas apenas se vió en el campo, cuando le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera dejar la comenzada empresa: y fue que le vino a la memoria que no era armado caballero, y que, conforme a la ley de caballería, ni podía ni debía tomar armas con ningún caballero; y puesto que lo fuera, había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase.

Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; pero pudiendo más su locura que la razón, se propuso hacerse armar caballero por el primero con que se topase, a imitación de otros muchos que así lo habían hecho, según había leído él en los libros que le volvieron loco. En cuanto a las armas blancas, pensaba limpiarlas, en cuanto pudiera, de manera que estuviesen más blancas que un armiño: y con esto se tranquilizó y prosiguió su camino, sin llevar otro que el que su caballo quería, creyendo que en aquello estaba la clave de las aventuras.Mientras caminaba nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo, y se decía:

—¿Quién duda que en el futuro, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribirá se pondrá a contar mi primera salida de esta manera?: Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora que dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero Don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel.

Y era verdad que caminaba por allí. Y continuó diciendo:

—Dichosa edad, y siglo dichoso aquel en que saldrán a luz mis famosas hazañas, dignas de tallarse en bronce, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en el futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien le tocará ser cronista de esta peregrina historia! Te ruego que no te olvides de mi buen Rocinante, eterno compañero mío en todos mis caminos y carreras.

Luego continuaba diciendo, como si verdaderamente estuviera enamorado:

—¡Oh, princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón! Mucho agravio me habeis hecho al despedirme y reprocharme con la rigurosa prohibición de mandarme no comparecer ante vuestra hermosura. Ojalá os plazca, señora, recordar a este corazón esclavo vuestro, que tantas penas padece por vuestro amor.

Con estos iba ensartando otros disparates, todos parecidos a los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje; y con esto caminaba tan despacio, y el sol salía tan aprisa y con tanto ardor, que habría sido suficiente para derretirle los sesos, si hubiera tenido. Casi todo aquel día caminó sin sucederle cosa digna de contarse, por lo cual se desesperaba, porque quisiera topar pronto con alguien con quien probar el valor de su fuerte brazo.


Estos pensamientos le hicieron titubear en su propósito; mas pudiendo más su locura que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En lo de las armas blancas pensaba limpiarlas de manera, en teniendo lugar, que lo fuesen más que un armiño: y con esto se quietó y prosiguió su camino, sin llevar otro que el que su caballo quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las aventuras. Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mismo, y diciendo: ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere, no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera? "Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora que dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero D. Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel." (Y era la verdad que por él caminaba) y añadió diciendo: "dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronce, esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha de tocar el ser coronista de esta peregrina historia! Ruégote que no te olvides de mi buen Rocinante compañero eterno mío en todos mis caminos y carreras." Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera enamorado: "¡Oh, princesa Dulcinea, señora de este cautivo corazón! Mucho agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra fermosura. Plégaos, señora, de membraros de este vuestro sujeto corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece." Con estos iba ensartando otros disparates, todos al modo de los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su lenguaje; y con esto caminaba tan despaico, y el sol entraba tan apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los sesos, si algunos tuviera. Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar fuese, de lo cual se desesperaba, poerque quisiera topar luego, con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo.

Unos autores dicen que la primera aventura que le sucedió fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero por lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo qe he encontrado escrito en los Anales de la Mancha, es que él caminó todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él se encontraron cansado y muertos de hambre; y que mirando a todas partes para ver si descubría algún castillo o majada de pastores donde recogerse y donde remediar su mucha necesidad, vio, no muy lejos del camino por el que iba, una venta, que fue como si viera la estrella de Belén, pues le llevaba al portal (o al castillo) de su salvación. Se dio prisa y llegó a la hora de anochecer. Por casualidad, se hallaban en la puerta dos mujeres jóvenes, de esas que dicen de mala vida, que iban a Sevilla con unos arrieros, que hicieron noche en la venta aquel día. Y como a nuestro aventurero le parecía que todo cuanto pensaba, veía o imaginaba era como lo que había leído, en cuanto vio la venta se imaginó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de brillante plata, sin que faltara un puente levadizo y un foso hondo, y todos los elementos con que se pintan esos castillos. ...................................................

Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la de Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel día, y al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre; y que mirando a todas partes, por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse, y adonde pudiese remediar su mucha necesidad, vió no lejos del camino por donde iba una venta, que fue como si viera una estrella, que a los portales, si no a los alcázares de su redención, le encaminaba. Dióse priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que anochecía. Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, de estas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros, que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y como a nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba, le parecía ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vió la venta se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadizo y honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan.

[edit] CAPÍTULO III

Wiki Jote Texto original

Y así, fatigado de este pensamiento, abrevió su escasa cena en la venta, tras la cual llamó al ventero, y encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole:

—No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, hasta que vuestra cortesía, me conceda un don que quiero pedirle, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano.

El ventero, que vió a su cliente a sus pies y oyó semejantes palabras, le miraba confuso, sin saber qué hacer ni qué decir, y trataba de convencerle para que se levantase; pero no quería, hasta que acabó diciéndole que le concedía el don que le pedía.

—No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío —respondió Don Quijote— y así os digo que el don que os he pedido, y vuestra generosidad me ha concedido, es que mañana, me tenéis que armar caballero, y esta noche en la capilla de este vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo, cuyo deseo se inclina a semejantes hazañas.

Y así, fatigado de este pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena, la cual acabada llamó al ventero, y encerrándose con él en la caballeriza, se hincó de rodillas ante él, diciéndole, no me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la vuestra cortesía, me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en alabanza vuestra y en pro del género humano. El ventero que vió a su huésped a sus pies, y oyó semejantes razones, estaba confuso mirándole, sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se levantase; y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don que le pedía. No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío, respondió D. Quijote; y así os digo que el don que os he pedido, y de vuestra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana, en aquel día, me habéis de armar caballero, y esta noche en la capilla de este vuestro castillo velaré las armas; y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las aventuras en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es inclinado.

El ventero, que como se ha dicho era un poco socarrón, y ya barruntaba la falta de juicio de su cliente, acabó de disipar sus dudas al oír semejantes palabras, y decidió seguir la broma por divertirse aquella noche; así que le dijo que estaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que su intención era la natural en un caballero tan importante como parecía ser él, y como mostraba su presencia gallarda, y que también él, en sus años de juventud, se había dedicado a aquella honorable profesión, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los percheles de Málaga, las islas de Riarán, el compás de Sevilla, el azoguejo de Segovia, la olivera de Valencia, la rondilla de Granada, la playa de Sanlúcar, el potro de Córdoba, y las ventillas de Toledo, y otros lugares diversos en que había ejercitado la ligereza de sus pies y la sutileza de sus manos, haciendo muchos entuertos, enamorando a muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas, y engañando a muchos primos, y finalmente, dándose a conocer por las audiencias y tribunales de toda España; y que últimamente se había venido a refugiar en aquel castillo suyo, donde vivía con todos sus bienes y los ajenos, recogiendo en él a todos los caballeros andantes de cualquier calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía, y porque compartiesen con él sus posesiones en pago de su buen deseo. Le dijo también que en aquel castillo suyo no había ninguna capilla donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla nueva; pero en caso de necesidad él sabía que se podían velar en cualquier parte, y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias para que él fuese armado caballero, y tanto que no pudiese haber nadie más caballero en el mundo.


El ventero, que como está dicho, era un poco socarrón, y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oír semejantes razones, y por tener que reír aquella noche, determinó seguirle el humor; así le dijo que andaba muy acertado en lo qeu deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía, y como su gallarda presencia mostraba, y que él ansimesmo, en los años de su mocedad se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los percheles de Málaga, islas de Riarán, compás de Sevilla, azoguejo de Segovia, la olivera de Valencia, rondilla de Granada, playa de Sanlúcar, potro de Córdoba, y las ventillas de Toledo, y otras diversas partes donde había ejercitado la ligereza de sus pies y sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas, y engañando a muchos pupilos, y finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que a lo último se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con toda su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía, y porque partiesen con él de su shaberes en pago de su buen deseo. Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero en caso de necesidad él sabía que se podían velar donde quiera, y que aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que a la mañana, siendo Dios servido, se harían las debidas ceremonias de manera que él quedase armado caballero, y tan caballero que no pudiese ser más en el mundo.

-por completar- ...................................................

Preguntóle si traía dineros: respondió Don Quijote que no traía blanca, porque él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ninguno los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba: que puesto caso que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores de ellas que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse, como eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los trajeron; y así tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes (de que tantos libros están llenos y atestados) llevaban bien erradas las bolsas por lo que pudiese sucederles, y que asimismo llevaban camisas y una arqueta pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían, porque no todas veces en los campos y desiertos, donde se combatían y salían heridos, había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por amigo que luego los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud, que en gustando alguna gota de ella, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas, como si mal alguno no hubiesen tenido; mas que en tanto que esto no hubiese, tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos (que eran pocas y raras veces), ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas muy sutiles, que casi no se parecían a las ancas del caballo, como que era otra cosa de más importancia; porque no siendo por ocasión semejante, esto de llevar alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes; y por esto le daba por consejo (pues aún se lo podía mandar como a su ahijado, que tan presto lo había de ser), que no caminase de allí adelante sn dineros y sin las prevenciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas cuando menos se pensase. Prometióle don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda puntualidad; y así se dió luego orden como velase las armas en un corral grande, que a un lado de la venta estaba, y recogiéndolas Don Quijote todas, las puso sobre una pila que junto a un pozo estaba, y embrazando su adarga, asió de su lanza, y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila; y cuando comenzó el paseo, comenzaba a cerrar la noche.

-por completar- ...................................................

Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su huésped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admirándose de tan extraño género de locura, fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que, con sosegado ademán, unas veces se paseaba, otras arrimado a su lanza ponía los ojos en las armas sin quitarlos por un buen espacio de ellas. Acabó de cerrar la noche; pero con tanta claridad de la luna, que podía competir con el que se le prestaba, de manera que cuanto el novel caballero hacía era bien visto de todos.