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Pax Imperia es una colección de relatos en los que se narran los últimos años del mayor imperio que ha conocido la humanidad. Lo que en el pasado fué la cuna de la civilización y faro del conocimiento hoy es una nación rodeada por monstruosas bestias al norte que amenazan con sumir el Imperio en una era de oscuridad, al sur por las naciones fanáticas que sirven al profeta inmortal que se autoproclamó hijo del dios único, que atacan sin piedad a todo aquel reino que no se incline ante su religión, y a la propia putrefacción del sistema imperial, enquistado e inactivo, corrupto hasta la médula e ignorante de su propio pueblo.

Estas historias narran los últimos días de la Pax Imperia que ha gobernado esta parte del mundo durante mil años de paz, llevándola a una era de prosperidad y riquezas y cómo ésta cayó ante las hordas bárbaras.

Los tramperos de KerasherEdit

Esta es la historia de un grupo de tramperos de las remotas regiones norteñas de Kerasher reconvertidos en un grupo de cazadores al servicio del Imperio.

Diario del Legado Publio Sutorio

El primer encuentroEdit

Día 17 de Targelion del 1028 del Pax ImperiaEdit

Llevamos semanas viajando a través de las fértiles tierras de Gálica. Desde que partimos de Lucien, capital imperial, no hemos oido ni siquiera el menor rumor de la existencia de problemas en las regiones por las que discurríamos. No obstante, esto ya lo sospechaba desde antes de partir, sospecha que hizo patente el Augur de forma, como siempre, oscura, afirmando que "no nos encontraremos con nuestro destino hasta llegar a las primeras nieves".

No obstante, esta mañana, conforme salíamos de uno de los tupidos bosques que cubren el noreste de esta región, escuchamos las primeras noticias de boca de una familia que emigraba hacia tierras más hospitalarias del sur.

Al principio se sintieron intimidados por nuestra presencia, como tantos otros durante el tiempo que llevábamos viajando, decidí tomar las riendas del asunto y me presenté. Cuando descubrieron que estaban ante un enviado del emperador se sintieron más aliviados, al parecer nos habían confundido con un grupo de bandidos especialmente osado que había abandonado la protección de los bosques.

Ellos nos dieron información de primera mano sobre la existencia de problemas en una ciudad más al norte, al parecer una serie de muertes había revolucionado el asentamiento y la familia, asustada, había decidido emigrar un tiempo a la Insulae que tenían en el campo, a varios días de camino. Estas noticias nos hicieron interesarnos por el tema, estos eran precísamente los signos inequívocos de nuestras presas.

Tras un interrogatorio más a fondo, los civitas[1] nos informaron de que todo comenzó al poco de la llegada de unos extraños, tan solo estuvieron una noche alojados en uno de los hospicios que la ciudad tiene reservados para los peregrinos sin dinero. Al día siguiente prosiguieron su camino hacia el norte. Hasta aquí todo normal. No obstante, al cabo de un par de días aparecieron los primeros casos, un par de gallinas, lechones, ratas y perros callejeros.

Al principio se pensó que era alguna alimaña que había salido del bosque, acuciada por el hambre, en busca de mejores perspectivas. No obstante, todo esto cambió cuando se dió el primer caso humano.

Se trataba, según dijo la familia, de un viejo conocido por su alcoholismo, se quedó dormido en alguna esquina consumido por los vapores etílicos y nunca más volvió a despertar. Los habitantes de la ciudad se lo encontraron al día siguiente medio despedazado y sobre un charco de su propia sangre. Parecía obra de algún animal salvaje.

Después de esto, los asesinatos se sucedieron, y se proclamó la ley marcial, impidiendo que nadie saliera a la calle después del anochecer y hasta el amanecer siguiente. No obstante, al parecer, esto no evitó que siguieran los asesinatos.

Tras despedirles, con una bendición de nuestro augur, partimos, con ánimos renovados, a investigar estos rumores. Decidimos salir de una maldita vez de los embarrados caminos secundarios que habíamos transitado hasta aquel entonces y en unas horas nos incorporamos a la calzada que guiaba diréctamente a la ciudad. No obstante, aún nos queda un largo trecho para llegar a ella.

En estos momentos estamos acampados en una casa de viajeros; el capitán está afuera con los perros, como siempre, supongo que dándoles de comer, aquí dentro varios de los cazadores juegan a los dados, una versión con oscuras reglas propias que parecen ir cambiando conforme pasan los días.

Por otro lado tenemos al augur, tan ajeno al mundo real como siempre, está en una esquina del edificio, junto con unos pobres campesinos a los que está predicando.


Día 18 de Targelion del 1028 del Pax ImperiaEdit

Llegamos a las puertas de la ciudad a la hora cenital[2], el grupo se quedó en un prado a las afueras mientras que yo, en calidad de Legado, entré a hablar con las autoridades locales.

Según mi mapa, se trata de Havendorum, una ciudad cabeza de Región cuyo nombre es una mezcla de Imperial y el idioma local, algo común en áreas poco civilizadas como en la que nos encontramos; no encuentro más información, algo que se irá acentuando conforme avancemos al norte según compruebo al echar un vistazo a las cartas. Esta falta de información geográfica o de cualquier tipo nos acabará acarreando problemas.

La reunión con el gobernador de la Región ha sido tan fructífera como me esperaba, su nombre, Peck, totalmente bárbaro, como la sangre que corre por sus venas, tal y como delatan su pelo rubio y ojos azulados.

Soy incapaz de comprender cómo alguien como él ha obtenido el puesto de Gobernador Imperial de una Región, no obstante, he de ceñirme a lo que hay.

Tan solo atravesar los portones de Havendorum, ciudad a la que los lugareños, en su ignorancia, conocen símplemente como Haven, pude constatar que había problemas. Tratándose de una ciudad Cabeza de Región, el comercio y trasiego general debería ser, sobre todo a la hora Cenital, enorme, pero en mi camino hasta la insulae del gobernador tan solo me pude encontrar con guardias armados hasta los dientes y algún que otro pequeño grupo de personas, con caras atemorizadas, que habían salido a la calle, más por obligación laboral que por gusto propio.

Cuando llegué ante Peck, tal y como me había sido presentado, éste se sintió intrigado por mi presencia en la ciudad. Ahorraré las explicaciones obvias en esta crónica que, una vez dichas, hicieron que se iluminara la cara del gobernador. En ese momento pasó de la cautela a la colaboración total, algo que esperaba por su parte desde un principio como representante oficial del Imperio en la zona.

Me contó que había pedido ayuda a la legión que se acantonaba más al norte, la cual había enviado un manípulo[3] más por acallar las exigencias del lider civil de la región que por ayudar, al parecer tienen problemas con bandidos por la zona y necesitan todos los efectivos de los que disponen para eliminarlos. Estos soldados tan solo han servido para engrosar las paupérrimas filas de guardias en la ciudad; al parecer están teniendo problemas de reclutamiento en el lugar, sea cual sea el problema, no me concierne.

También hizo referencia a estos extraños peregrinos de los que habíamos oido hablar. Poco más sabía que la familia que vimos el día pasado, tan solo que parecían miembros de algún culto a un oscuro dios desconocido en la zona, por los ropajes que vestían, pues les recordaban a los de los zelotes que solían visitar la ciudad para predicar.

Sobre los muertos sabían más bien poco, en un alarde de inteligencia, el jefe de la guardia de la ciudad los acabó enviando al galeno local, el cual dijo que se trataban al parecer de mordiscos y arañazos de una bestia salvaje. Nada que no supiéramos.

Así que, viendo que no iba a obtener nada de valor tras interrogar a fondo a todas las personas que se me ocurrió pudieran tener alguna pieza valiosa de información en la ciudad, he vuelto al campamento que han establecido los cazadores a las afueras de la ciudad. Tras parlamentar con el capitán, estamos de acuerdo en que la mejor forma de descubrir lo que nos interesa es llevar esta noche al augur a la ciudad. El capitán se muestra incrédulo ante lo que pueda hacer, no obstante, los he visto en acción otras veces y creo que es nuestra mejor baza en estos momentos.

Le digo que prepare a los perros y que los cazadores pongan a punto sus artilugios, al anochecer entraremos en la ciudad y la peinaremos de arriba a abajo y en nombre de todos los dioses, si se cumplen nuestros más temidos, o tal vez sean esperados, pronósticos, seremos sometidos a la que tal vez sea la prueba más dificil de todas nuestras vidas.

Día 19 de Targelion del 1028 del Pax ImperiaEdit

Todavía me tiemblan las manos, y a pesar de lo que digan otras escuelas filosóficas sobre las excreciones y su dignidad moral a la hora de aparecer en relatos, no diré nada más sobre mi estado actual.

El Capitán está a mi lado, todavía grita como un poseso a pesar del opio que le ha suministrado el galeno. El maldito augur está gritando incoherencias sobre designios divinos y la humanidad en peligro; ninguno de nosotros le hacemos el menor caso.

Hemos sufrido una prueba de fuego, y la hemos pasado, pero algunos nos hemos quemado en ella. Que los dioses nos protejan.

Pero empezaré por el principio.

Cuando el sol empezó a ocultarse por entre las montañas el capitán ladró una orden y todos nos pusimos en pie y recogimos tan solo aquello que fueramos a necesitar en nuestra incursión nocturna. Atrás quedaron la mayoría de nuestros víveres y equipajes.


TerminologíaEdit

  1. Habitante de una ciudad, término comúnmente usado para definir a aquellos que viven en ciudades cosmopolitas.
  2. Mediodía
  3. 120 soldados de infantería pesada.

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