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Capítulo IEdit

No hay estrellas, al menos no las suficientes para llenar todo el Universo. Y no es que éste tenga un tamaño reducido precisamente, pero aún así a veces parece estar tan vacío.

Y no es verdad que esté vacío, porque está lleno de todo lo que existe, así que se podría decir que está muy lleno. Está lleno de todo, y también contiene todo el vacío que uno pueda imaginar.

Quizá todo se reduzca a que es muy grande, y cada instante que pasa, lo es un poco más. Y también un poco más vacío, a medida que se expande indefinidamente. Un poco más desconocido a medida que se va explorando.

Son las diez y media de la noche y éstos son los pensamientos que ahora acompañan a Mario mientras está tumbado boca arriba viendo estrellas y planetas a través de la cúpula de cristal del techo.

El mundo ha cambiado mucho desde la Revolución Industrial, e incluso es muy diferente a como era en los comienzos de la Era Espacial, en los que los humanos conseguimos poner en órbita naves primitivas alrededor de la Luna y algunos planetas.

Al menos eso es lo que decía la señorita Eugenia, su profesora de historia, cuando en la escuela elemental les hablaba de la carrera espacial, algo relacionado de alguna manera con una competición entre dos naciones y una perra dando vueltas alrededor de la tierra, y un hombrecillo saliendo de un extraño aparato, diciendo un mensaje histórico mientras su pie dejaba una huella en la Luna.

Sí, incluso en aquella época pasada se consiguió llegar a pisar nuestro satélite, aunque eran otros tiempos, teñidos de romanticismo, quizá porque eran proyectos en los que la especie humana estaba comenzando a alcanzar un sueño que hasta entonces no había conseguido nunca, como era abandonar el hogar que supone para nosotros el planeta Tierra y viajar lejos de casa por primera vez.

Aunque por supuesto, Mario no conoció aquella época, sino una muy posterior, en la que los viajes espaciales ya habían perdido el sentido épico de antaño, y se habían convertido en una actividad comercial como otra cualquiera. Habían pasado ya más de quinientos años desde aquel día en el que se dio aquel pequeño paso para el hombre. Ahora ya no damos pequeños pasos, sino que nos movemos a zancadas largas.

La Tierra es muy diferente a como lo era en los tiempos antiguos, ya que debido a la acción destructiva del hombre se modificaron los ecosistemas de manera que dejó de ser un planeta confortable para el ser humano.

Hubo opiniones para el gusto de todos. Los científicos explicaron que debido a que el hombre no dejaba de emitir dióxido de carbono a la atmósfera, junto con todo tipo de contaminantes y dioxinas (además de seguir destruyendo la protección de ozono), lo que ocurrió fue que las especies se fueron adaptando al nuevo medio, hasta el punto de que los humanos se vieron obligados a abandonarlo. Y por supuesto no consiguieron adaptarse tan bien como un gran número de otras especies. Pese a todo, no lo olvidaron para siempre, ya que se utilizó como una gran despensa a la que acudir en busca de alimentos y materias primas.

También habló la religión, y se llegó a escuchar que este exilio no era más que el resultado de haber enfadado a Dios, que habiéndonos dado un paraíso y habiéndonos advertido de que no debíamos abusar de él, nos expulsó.

Últimamente se estaban escuchando todo tipo de nuevas opiniones, de lo más variopinto. Había incluso una nueva tendencia a la que muchos estaban dando cierto crédito, y que afirmaba que las personas nunca habían llegado a habitar la Tierra, y que había pruebas científicas que así lo demostraban.

Sea como fuere, el hecho incontestable era que los humanos ya no vivían dentro del planeta azul (realmente ahora tiene un tono rosáceo), sino en enormes bases orbitales, que como pequeños islotes estaban repartidos por el espacio, con la Tierra en el centro de sus órbitas. De hecho, a este complejo se lo suele denominar como “El archipiélago‿.

Pese al nombre, las bases no están aisladas, sino que es posible viajar de unas a otras mediante naves que periódicamente viajan entre ellas, de forma parecida a los autobuses o ferrocarriles que hubo tiempo atrás. Aunque más complejos, ya que son controlados por sistemas de navegación que ejecutan algoritmos de encaminamiento de caminos óptimos, de forma parecida a como operan las redes de comunicaciones como la antigua Internet, o la actual e inteligente Windternet 2.

Muy poca gente hubiera pensado que algún día la Tierra y sus habitantes se tendrían que ver en una situación como la actual, ni hubiera imaginado cuál sería la vida futura, las relaciones futuras, la música o la radio futura.

A Mario le gusta tumbarse y perderse en la inmensidad del espacio dentro de una nave que encontró abandonada cerca de donde vive. Es como una balsa, cubierta por una gran cúpula transparente. Se tumba y cada noche mira las estrellas. Hoy también.

El primer día que entró en la nave se sorprendió y le llamó la atención una inscripción que alguien había escrito a mano cerca del panel de mandos, y en la que se podía leer “No hay estrellas‿, aunque por ahora no había llegado a entender qué significaba, ni por qué lo había escrito el dueño original de la nave.

Sugerencias para continuar el capítuloEdit

Esto es sólo un guión del primer capítulo, y hay que completarlo más.
Nota: lo de “radio futura‿ es un guiño. NO hay que sustituirlo por “radio futuras‿ en plural.
Hay que conseguir dar sensación de cierto desarraigo en el personaje, relacionándolo de forma sutil con la inmensidad del universo. De todas formas, no es infeliz así, sino que se siente libre.

Capítulo IIEdit

Laura, sentada en la terraza del bar de gravedad punto tres, se pregunta qué habrá realmente más allá de la cúpula metálica en que se proyectan imágenes de aves, nubes, soles, estrellas. Mientras lo hace, recuerda su desilusión cuando alguien (quizá el profesor de física) le explicó en una ocasión que la cúpula no era transparente, pues, de serlo, todos los habitantes de la estación estarían sometidos a peligrosas radiaciones. Lo que obvió decir, claro, es que, además, si la cúpula hubiera sido transparente, los ciudadanos habrían tenido la extraña sensación de ver también cielo bajo sus pies, y no sólo en el tercio impracticable de la estación que queda sobre sus cabezas.

Hasta aquel momento había vivido con la ilusión de que había realmente un cielo allá arriba, y de hecho muchas veces lo sigue pensando, como casi todos sus conciudadanos, incluso los que comprueban cada día en su trabajo que la superficie externa de la estación es un continuo de paneles solares.

Y no es que Laura no haya estado nunca allá fuera. Por supuesto que ha hecho su servicio, como todos los ciudadanos de su edad, y ha aprendido a colocarse un traje presurizado y a tripular una lanzadera de salvamento. Lo que ella se pregunta en los ratos que no pasa corrigiendo las traducciones automáticas del sistema de comunicaciones es si el cielo nocturno que aparece ante sus ojos en este momento es una copia fidedigna del que ven al mismo tiempo quienes patrullan allá fuera reparando las averías cotidianas.

Sería fácil que así fuera. Y, de hecho, la simulación es en muchos aspectos detallada. Por ejemplo, hay cuatro estaciones. Según los libros de botánica, muchos animales y plantas necesitan variar sus ciclos de luz para crecer y multiplicarse. Y, aunque habría sido fácil limitar esas variaciones al zoo o a esas granjas hidropónicas que ella nunca ha visitado, lo cierto es que en todo el complejo externo el otoño se marca con un descenso paulatino de las horas de iluminación y con la aspersión de agua, como si se hallaran en el mítico planeta Tierra.

Laura da un sorbo al tubo de café y piensa en lo que ha leído en los informes de otras naciones. Parece ser que en los últimos diseños se están eliminando las variaciones de luz y el riego automático, pues suponen un elevadísimo gasto de recursos. Además, ¿a quién le gusta despertar completamente empapado después de echarse una siesta en el banco de un parque, sin prever que el ordenador va a decidir un chaparrón veraniego?

Pero a ella le gusta, y se imagina cómo sería la vida en un lugar con montes, ríos y mares. ¡Mares! Ha leído sobre ellos en las obras clásicas de varias naciones, así que supone que quizá en algún momento existieron. ¿Quién podría concebir algo así? Millones y millones de metros cúbicos de agua, tantos que los habitantes del antiguo mundo se dedicaban a flotar sobre ellos y atrapar peces, sin considerar la posibilidad de criarlos en tanques individuales de flujo forzado.

Un cuento que ella leyó de pequeña decía que sumergirse en el agua era como visitar los parques de ingravidez, sólo que, además, el cuerpo se refrescaba como bajo los aspersores. Se pregunta si los operarios que trabajan en el mantenimiento de los tanques habrán tenido alguna vez la tentación de comprobarlo.

Algún día lo haré.

Pero en su mente hay otra idea. Y su sueño vaga acariciando la fantasía infantil de visitar ese planeta del que todos dicen que vienen, pero al que nadie ha querido volver nunca.

Sugerencias para continuar el capítuloEdit

Nota: Como el capítulo I, este sólo es un borrador.
La idea es que la estación espacial obtiene su gravedad a través de la fuerza centrífuga, y por tanto el suelo está hacia fuera. Sin embargo hay "parques" y "zonas exteriores" donde se crea la sensación de hallarse al aire libre.
En cuanto a Laura, dejemos que se encuentre con Manuel... ¿es su madre, su novia, su prima, su amiga...? Dadnos ideas!! --Jmoysae 13:35, 17 Mar 2005 (EST)

Capítulo IIIEdit

Se puede alargar la mano y tocar el suelo. Es algo anodino si se ha hecho otras veces. Y es de creer que el personal de las estaciones mineras repite ese gesto de fascinación una o dos veces antes de acostumbrarse al suelo, al polvo, a la gravedad. Pero para la gran clase media que habita las órbitas de las estaciones no hay manera de saberlo. Existe el convencimiento de que la superficie de los planetas es hostil a la vida humana: la gravedad inhabitual, la atmósfera violenta, terremotos o volcanes requieren especialistas con condiciones físicas excepcionales y desapego por la propia vida. Los planetas emanan radiación y sustentan bacterias peligrosas. Por eso sus horizontes sinuosos sólo los conocen los presos de los penales no orbitales, los extraordinariamente bien retribuidos mineros, algunos científicos y los agentes de prospección de las corporaciones metálicas, como Entark CM (1) o Myriade CM.

Hoy recibimos la noticia de que José, el marido de Cristina, regresará a la cúpula luego de estar preso 15 años. Esto conmovió a gran parte de los integrantes, pero especialmente a Laura, quien ansiaba saber que sucede realmente en la tierra.

Al cabo de pocos días, Laura se dirigió a la casa de Cristina, su amiga, para que José le contara como era todo afuera.  Él se niega a contarle, porque los organismos encargados de la seguridad de las cúpulas se lo habían prohibido.

Sin embargo, Cristina le cuenta a Laura lo que su marido soñaba por las noches. Hablaba de espacios verdes, en los que había flores hermosas; hacía referencia al aire puro que allí se respiraba.  Pero también, en sus pesadillas aparecían grandes maquinas repartidas por los terrenos, que explotaban el suelo.

Esto lleva a Laura a preguntarse si realmente no se podía vivir en la tierra o había algún interés económico – político que impedía que ellos habiten ese lugar. Incentivada por esta idea, Laura decide huir de la cúpula para investigar y volver con la verdad sobre la tierra.

En la búsqueda de la verdad, Laura llega a la tierra y se da cuenta que lo que su marido hablaba en sus sueños, era la realidad misma. Ahora logra entender a ese planeta del que todos dicen que van pero al que nadie ha querido volver nunca. Los edificios son altos, las casas grandes, hay autos de todos los tamaños y formas, los espacios verdes tienen robustos arboles y hermosas flores de colores, andan en un objeto raro y ruidoso al que llaman: “moto”.  Las personas son fantásticas pero en fin un poco anormales. Laura se pregunta ¿serán felices?


Notas:

  • (1): CM es acrónimo de Corporación Metálica

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